Pals, Tossa y el paradigma de la máquina de hormigón

Por Marcel Forns Bernhardt: Uno de los pocos aspectos positivos que ha provocado la crisis estos últimos años ha sido el parón de la fiebre constructora en la costa y en los espacios más sensibles de nuestro territorio.  En términos generales podemos decir que existe un elevado consenso respecto de la elevada presión urbanística del litoral catalán y de los riesgos de exponerlo a mayores niveles de saturación.  Con una ocupación del litoral cercana al 45%, Catalunya es la segunda Comunidad Autónoma del Estado con menor superficie de costa “natural”, por detrás de la Comunidad Valenciana. De hecho, y a efectos de refrescar la memoria, conviene recordar que a la vista del estado del conjunto de la costa española, el informe Auken aprobado por el Parlamento Europeo en 2009, llegó a proponer la suspensión de cualquier plan urbanístico nuevo, a la vez que sugería la interrupción de los fondos estructurales para España.

Pese a ello, ahora que parecería que la crisis ha quedado atrás, observo con preocupación cómo algunos municipios de nuestro litoral empiezan a despertar de la larga hibernación, dispuestos a volver a poner en marcha la máquina de hormigón, paradigma por excelencia de un modelo insostenible, consistente en un círculo vicioso de permisos y licencias urbanísticas. Un modelo que, por desgracia, hemos visto repetirse por doquier día tras día hasta la llegada de la crisis, como si del Día de la Marmota se tratara.

Así, por ejemplo, el pasado 21 de octubre la prensa anunciaba el proyecto del municipio de Pals de construir en 2.440  viviendas en segunda línea de costa, en un espacio de alto valor ecológico y paisajístico; hace un par de semanas el ayuntamiento de Tossa de Mar informaba acerca de la posibilidad de construir un puerto, un nuevo hotel y diversos chalets en un tramo de costa virgen, o más recientemente el municipio de Tarragona ha dado a conocer el proyecto de alzar 6000 nuevas viviendas en las inmediaciones de las playas de la Savinosa i Llarga. Todo ello tristes ejemplos de que, a diferencia del personaje encarnado por Bill Murray, nuestros actores no han aprendido nada de la experiencia pasada.

La insistencia en la sobreocupación del espacio litoral y de  las zonas de alto valor ambiental y paisajístico  no sólo supone su degradación, sino que conlleva consecuencias económicas directas, en términos de reducción de su atractivo para actividades terciarias como el turismo y, en la medida que parte de una visión cortoplacista y de un cálculo erróneo de la demanda, está condenada a ampliar los excedentes de la oferta inmobiliaria existente.

En los últimos años, la mayor parte de los sectores de la economía han tenido que reinventarse para adaptarse a los nuevos escenarios económicos y a los cambios en las tendencias de consumo. Los sectores de la construcción e inmobiliario no serán una excepción. El mundo del  2016 tiene poco que ver con el que conocimos en 2007 y los proyectos en cuestión no son sino la reproducción de las viejas políticas urbanísticas, por mucho que las disfracemos con los calificativos de bajo impacto ambiental y alto standing.

La protección del territorio exige visión a largo plazo, orientada al bien común y alejada de las presiones e intereses que a menudo contaminan las políticas locales; en definitiva, una visión de país avanzado. Hablar hoy de moratorias quizás no suene bien, pero lo cierto es que en materia de conservación de espacios sensibles, y en particular en lo que respecta a los proyectos urbanísticos en el litoral, hace años que debiéramos haber aprobado, sin ningún tipo de rubor, una moratoria generalizada.

fotomarcel_forns_-2016Marcel Forns Bernhardt

exdirector de Turismo de Catalunya

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