Joan Miquel Gomis, cofundador de Turismo Justo

“Las empresas y organizaciones del sector deben involucrarse ineludiblemente en el desarrollo social de aquellos lugares turísticos en los que operan”

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Hace unos meses la asociación Turismo Justo y la editorial Alhena media publicaron el libro “Turismo responsable: 30 propuestas de viaje”, una iniciativa cuya filosofía de fondo defiende una concepción del turismo que se resume en uno de los prólogos del libro que a continuación reproducimos y del que es autor Joan Miquel Gomis, cofundador de Turismo Justo y director del programa de Turismo de la Universitat Oberta de Catalunya.

¿Por qué turismo justo?

El turismo ha sido identificado en los últimos años como uno de los sectores de mayor crecimiento y desarrollo en el mundo, una tendencia que las previsiones apuntan que puede acentuarse en el futuro más inmediato. Los datos macroeconómicos manejados por instituciones y empresas competentes en la materia así lo reflejan. Por sus características intrínsecas, las actividades turísticas, transversales por definición, actúan como dinamizador económico de los territorios en los que se desarrollan. El gasto que realiza un visitante en un determinado destino repercute directa o indirectamente en diversos ámbitos: en las compañías de transporte del más variado nivel o formato, en los distintos tipos de alojamiento, en restaurantes, en la oferta de ocio y/o cultural, en los comercios de la más diversa índole…genera, en definitiva, puestos de trabajo y rendimientos económicos para la comunidad receptora. Teóricamente.

En pleno proceso de globalización, asistimos a la consolidación de un fenómeno internacional de efectos profundos: la progresiva deslocalización de las principales actividades económicas, inicialmente agrícolas e industriales pero hoy ya extensibles también a los servicios. Un entorno incierto y complejo, cargado de amenazas pero también de grandes oportunidades como la que han detectado en zonas tradicionalmente agrícolas o industriales de Europa al considerar al turismo como una vía (a menudo y preferentemente complementaria, pero a veces única) de desarrollo económico. Una opción, la turística, que también han identificado muchos países en vías de desarrollo como oportunidad para incorporarse a la división internacional del trabajo. En definitiva, aunque desde distintos puntos de partida, una opción global que está convirtiendo al mercado turístico en uno de los más competitivos del planeta.

Afortunadamente, podemos encontrar muchos casos de prácticas turísticas que demuestran que el turismo puede actuar realmente como motor de desarrollo económico y una herramienta útil para luchar contra la pobreza. Pero en la práctica nos encontramos también con numerosos ejemplos en los que este placentero discurso no encaja. Demasiados destinos turísticos repartidos por el planeta muestran unos desequilibrios sociales tan agudos que ponen de manifiesto claros problemas de distribución eficiente de riqueza que derivan en altos índices de pobreza que la llegada de cifras muy respetables de turistas no atenúan. Un escenario en el que proyectos teóricamente turísticos responden a menudo a criterios puramente especulativos que desprecian los indicadores medioambientales y de sostenibilidad más elementales ante la presión del “capitalismo impaciente”, fiel reflejo de aquella vertiente del mercado extremo que prima sin contemplaciones la búsqueda beneficio a corto plazo, desconsiderando, o simplemente despreciando, el interés social y la visión sostenible del largo plazo.

Si bien el turismo no está en el origen de estos problemas, que son de carácter estructural y algunos de ellos enquistados desde hace siglos, no es menos cierto que aquellos efectos positivos que la transversalidad de la actividad turística promete no se dejan ver en estos lugares que requieren de planteamientos que garanticen una distribución más equitativa y eficiente de los beneficios generados por esta actividad. Se trata de establecer unas reglas de juego, compatibles con las del mercado, que contemplen criterios éticos, explícitos o implícitos, como la responsabilidad social y la sostenibilidad. Hablamos de turismo justo como una vía hacia una globalización probablemente irreversible pero que puede y debe ser también más justa. Y lo defendemos, precisamente desde de una de las actividades que mejor representa al idealizado mundo sin fronteras, como es la de los viajes.

Hay un factor que hace especialmente singular al turismo en relación a otros ámbitos: el consumo de sus servicios se realiza en el mismo lugar en el que estos son producidos, circunstancia que sitúa la sostenibilidad del territorio receptor de esta actividad en una dimensión clave. Desde la perspectiva del turismo justo se incide especialmente en el desarrollo de una actividad turística a partir de la participación activa y directa de la población local en una relación de intercambio que garantice, a la vez, los niveles de calidad exigibles de los servicios ofrecidos y la distribución equitativa de sus márgenes de beneficio.

Este planteamiento tiene implicaciones a distintos niveles. Por un lado, afecta a las empresas del sector que ya no pueden, como han hecho hasta ahora y desde la década de los ochenta del pasado siglo, limitar sus responsabilidades al ámbito de sus productos o servicios, conformándose simplemente con garantizar unos estándares de calidad adaptados a cada uno de los segmentos del mercado nacional o internacional. Tampoco es suficiente (aunque también necesario) que muestren una preocupación más reciente en el tiempo que la anterior por determinados aspectos medioambientales de los destinos en los que operan, en parte presionados por la demanda. Entrado el siglo XXI, las empresas y organizaciones del sector deben involucrarse ineludiblemente en el desarrollo social de aquellos lugares turísticos en los que operan, circunstancia que exige que la actividad se desarrolle teniendo muy en consideración los intereses de las comunidades locales.

En otros casos, las comunidades locales son las que han articulado su propia oferta turística, desde la base y estableciendo de entrada criterios de sostenibilidad económica, ambiental y social en sus iniciativas. Criterios que deben conciliar los intereses privados y públicos en la medida en que los primeros se fijan más en el corto o medio plazo y los segundos deben tener la visión puesta en el bien colectivo a largo plazo. El concepto de la democracia realmente participativa y no sólo formal adquiere aquí un protagonismo esencial. En aquellos territorios en los que los órganos de participación ciudadana son más limitados o inexistentes, este tipo de proyectos deberían poder fomentar este espíritu de cooperación colectiva que la actividad turística permite impulsar.

En este contexto, identificamos una creciente demanda internacional, todavía minoritaria, pero muy sensibilizada por estas cuestiones y cada vez con mayor acceso a la información (por la revolución tecnológica y de las comunicaciones) y exigente. Un turista que, más que por vivir determinadas y económicas emociones estandarizadas y replicadas homogéneamente por la geografía mundial, se mueve por sentimientos. Más que fijarse en el precio, factor hoy determinante para la elección de un destino para buena parte de la demanda, se siente más cómodo con el valor añadido que le aportan las iniciativas desarrolladas con responsabilidad social. Un elemento diferenciador que cada vez adquiere mayor dimensión e influencia en la medida en la que, en el marco de la globalización, este nuevo consumidor, con fácil acceso a la información, toma conciencia de la interrelación existente de los problemas y empieza a entender que sus elecciones de compra y consumo tienen una capacidad de influencia decisiva.

A este tipo de viajeros, en clara expansión, y a las organizaciones y empresas que trabajan en esta línea, va dirigida esta publicación.

www.turismojusto.org

www.alhenamedia.info

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