Dedos cruzados ante un verano caótico en los aeropuertos

El talón de Aquiles del turismo son los aeropuertos. Cientos de miles de viajeros confían sus vacaciones a un avión. Los viajes son desplazamiento y los aeropuertos la infraestructura necesaria para poderlo satisfacer.

El turismo aporta un peso sustancial a la economía del país y depende del transporte, de las conexiones, de la movilidad al fin y al cabo. Bien que lo saben algunos para presionar -legítimamente por supuesto- en beneficio de sus intereses laborales. Pero poner en riesgo el correcto funcionamiento de los aeropuertos, además de ser una mala jugada para aquellos que han depositado en su viaje estival un mundo de ilusiones, es también una irresponsabilidad.

Dañar uno de los pilares económicos esenciales, también sociales, requiere de una reflexión. Todavía es reciente la declaración del estado de emergencia ante la huelga de controladores aéreos que llevó el ejército a hacerse con el mando del espacio aéreo, o la huelga del personal de seguridad que obligó a la Guardia Civil a ponerse al frente de los filtros de acceso de las terminales.

Este verano ya tenemos anunciadas varias huelgas alrededor del transporte aéreo y del aeropuerto del Prat: pilotos de compañías como Ryanair, personal de tierra de Iberia encargado del handling y los fingers, y el conjunto de España hasta 60.000 trabajadores de Aena están convocados también a la huelga este mes de agosto.

Crucemos los dedos para que la situación de caos que se puede generar no afecte de forma irremediable el sector turístico. Sobre todo en un año como el presente donde el comportamiento de nuestros visitantes está siendo una incógnita. Algo está cambiando pero no sabemos, por ahora, interpretarlo.

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